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15/04/2026
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4 Minutos

Perú 2026: fragmentación política, Senado y gobernabilidad en una elección que pone a prueba todo el sistema

Elecciones Perú 2026: Cuando la victoria no basta

Por Luis Ramos, Head of Equity Strategy de LarrainVial Research

Hay elecciones que ordenan el sistema político y otras que lo obligan a mirarse al espejo, exponiendo sin filtros sus tensiones y fragilidades. La peruana de 2026 pertenece, sin matices, a esta segunda categoría.

Treinta y cinco candidatos presidenciales, una extensión inédita del proceso de votación por fallas logísticas y discrepancias entre encuestadoras no son simples anomalías; son la expresión más clara de un sistema profundamente fragmentado que, aun así, continúa operando dentro de márgenes que contienen la disrupción.

Keiko Fujimori emerge como la ganadora de la primera vuelta y asegura su paso al balotaje, pero la verdadera pregunta, la que hoy mantiene en vilo al mercado y al establishment político, es con quién.

Mientras Ipsos perfila un enfrentamiento frente a Roberto Sánchez, Datum sugiere que será Rafael López Aliaga quien dispute el segundo lugar. La divergencia no es trivial: no solo extiende la incertidumbre en el corto plazo, también delimita trayectorias políticas y económicas sustancialmente distintas. 


Sin embargo, concentrarse exclusivamente en la carrera presidencial es, en el caso peruano, un error de diagnóstico que el propio país ha venido corrigiendo, muchas veces a la fuerza, durante la última década. Nueve presidentes y tres Congresos en diez años no dejan espacio para lecturas ingenuas. En Perú, el poder no se define en la elección; se define en la capacidad de sostenerlo. 


El retorno del Senado no es un ajuste menor, sino un cambio estructural que reconfigura el centro de gravedad del sistema político. En un entorno donde el Ejecutivo ha demostrado ser inherentemente vulnerable, el Legislativo, y en particular un Senado no disoluble, concentra funciones críticas como la revisión final de leyes, el nombramiento de autoridades clave y la capacidad de bloquear reformas constitucionales. En la práctica, se convierte en el verdadero árbitro entre estabilidad y parálisis. Esto obliga a replantear la lectura de los escenarios, porque el desenlace electoral importa, pero importa más su compatibilidad con la aritmética del Congreso. 


Si Fujimori consolida su victoria en segunda vuelta, el país enfrentaría el escenario más claro en términos de gobernabilidad en años recientes. Es la única candidata cuya bancada se aproxima al umbral de un tercio en ambas cámaras, un nivel que, en el contexto peruano, funciona como un seguro político mínimo frente a la vacancia, el mecanismo que ha marcado la rotación presidencial. Si logra mantener disciplina interna y evitar la fragmentación de su propio bloque, el país podría transitar hacia una combinación poco habitual: estabilidad política con espacio para acelerar el crecimiento económico. 


Un eventual triunfo de López Aliaga introduce una dinámica más ambigua. Su menor peso individual en el Congreso lo expone a la lógica de supervivencia que ha caracterizado al sistema, pero al mismo tiempo se inserta dentro de un bloque de derecha que podría acercarse al 50% de representación. Eso le otorga margen para construir mayorías funcionales. El resultado es un equilibrio frágil pero operativamente viable, donde la gobernabilidad dependerá menos de la fortaleza estructural y más de la capacidad de negociación. 


El escenario de una victoria de Sánchez es, quizás, el que mejor ilustra la distancia entre percepción y realidad institucional. En el corto plazo genera más ruido, alimentado por una narrativa de cambio estructural que choca con límites muy concretos. Reformas de fondo, como una nueva constitución, exigen supermayorías de 67% que hoy están fuera de alcance; incluso bajo supuestos de coordinación, la izquierda difícilmente superaría el 40%. Lo que emerge es un equilibrio paradójico: una retórica que puede intensificarse, pero una capacidad de ejecución que permanece acotada. En términos prácticos, mayor volatilidad política, pero continuidad en las variables macroeconómicas que determinan la velocidad de crecimiento. 


Lo que esta elección revela no es solo el nivel de fragmentación del sistema político peruano, sino también su capacidad de operar dentro de restricciones que, aunque imperfectas, siguen siendo efectivas. Es un sistema donde la incertidumbre es elevada, pero la disrupción está contenida; donde la volatilidad política convive con una relativa estabilidad macroeconómica; y donde el verdadero desenlace no se juega en la victoria electoral, sino en la capacidad de sobrevivir al ejercicio del poder. 


El mensaje es claro: hay que abandonar la lectura binaria del proceso electoral y adoptar una mirada más sofisticada, capaz de integrar fragmentación política, restricciones institucionales y anclas macroeconómicas en un mismo marco analítico. Es en ese terreno, lejos del ruido de corto plazo, donde realmente se define el perfil de riesgo del país y donde empiezan a tomar forma las oportunidades. Porque en el Perú de hoy, ganar una elección es apenas el inicio; lo verdaderamente extraordinario es lograr gobernar sin que el sistema te expulse. 

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