Diego Figueroa
Gerente de Estrategia de LarrainVial Asset Managem
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A diez años de la crisis subprime: ¿en qué estamos?
Era un secreto a voces el que circulaba en los grandes bancos de inversión norteamericanos: el gigante Bear Stearns estaba al borde del colapso y nada podía hacer cambiar ese fatal destino. Si bien muchos veían esta medida como una venganza contra el único banco de inversión que no quiso participar en el rescate del malogrado “hedge fund”, Long-Term Capital Management, pocos dimensionaban el desastre que estaba a punto de suceder.
Y es que el tiempo transcurrido entre la venta forzada de Bear Stearns a JP Morgan en marzo de 2008, por el simbólico precio de US$2 por acción, (que luego fue aumentado a US$9 por acción) y la quiebra definitiva de otro coloso de las inversiones, Lehman Brothers, en septiembre del mismo año, pareciera demasiado amplio como para dimensionar el tamaño de la crisis que se avecinaba.
Si bien la venta forzada de Bear Stearns no fue el primer símbolo de una crisis inminente (la quiebra de Blackstone y el cierre de tres fondos de BNP Paribas que invertían en CDO, en agosto de 2007, fueron los primeros signos de que algo sucedía), sí fue el signo más notorio de que algo estaba ocurriendo. Los meses siguientes fueron de alta volatilidad. El FED bajó la tasa de referencia desde un 5,25% en 2007 a un 0,25%, lo que complementó con un programa de compra de activos sin precedentes. Esto solo aumentó la volatilidad de las bolsas, con meses en que el S&P500 rentó más de 4,8% (abril) y otros con caídas superiores al 8% mensual (junio).
Así llegamos al fatídico mes de septiembre: el mundo financiero pendía de un hilo, y la lista de bancos en el abismo era impresionante. Nombres como Morgan Stanley, Goldman Sachs, Washington Mutual e incluso Citigroup sonaban como las próximas víctimas. Sin embargo, fue el histórico Lehman Brothers, un banco con más de 150 años de historia, el primero en caer. Así fue como el 15 de septiembre de 2008 solicitó la protección de bancarrota, siendo la más grande que se tenga registro en la historia financiera estadounidense (el 6 de marzo de 2012 Lehman abandonó la protección de capítulo 11, con lo que se estima que logró pagar USD 65.000 millones de los USD 450.000 millones que tenía en acreencias).
La corrida gatillada por la quiebra de Lehman Brothers fue brutal. Ahora que el FED y el Tesoro habían dejado caer a uno de los grandes, nada impedía que otros bancos sufrieran la misma suerte. Los días siguientes fueron de alta incertidumbre, los principales responsables de la política económica norteamericana presentaban planes para contener la crisis y los políticos buscaban garantías para no “regalar” la plata, sin dimensionar realmente lo que estaba sucediendo. Así llegó el 18 de septiembre, probablemente el clímax de la crisis. El gobierno anunció un multimillonario plan de rescate, que sirvió para salvar al gigante asegurador AIG, el que estuvo al borde del abismo y que habría desencadenado una crisis global de magnitudes inimaginables.
Aunque esto contuvo las “corridas bancarias”, no impidió que el mercado accionario siguiera corrigiendo. De hecho, en octubre el principal índice accionario mundial cedió más de 16% y continuó en picada hasta comienzos de marzo de 2009. No obstante, el mundo estaba a salvo y había que comenzar a rearmar las confianzas.
Los meses que siguieron fueron de análisis y de corrección de fallas en el sistema. Se incorporó la Ley Dod-Frank, la que imponía aumentos de capital a los bancos, tanto comerciales como de inversión, expandía el seguro a los depósitos (FDIC) a instituciones no bancarias, proponía una medida de “quiebra ordenada” para los bancos “demasiado grandes para caer”. Además, se pusieron límites al uso e intercambio de derivados, y otras medidas de control.
Diez años han pasado desde esta crisis, y aunque sigue fresca en la mente de los inversionistas, hasta el día de hoy los bancos centrales siguen lidiando con los efectos secundarios, el incremento de la volatilidad y el control de capital bancario, y no sabemos cuánto tiempo más deberá pasar hasta que la situación esté completamente limpia.
Es muy poco probable que la próxima crisis sea igual a la anterior. Aunque existen varios supuestos desconocemos la fuente de la próxima crisis: algunos hablan de la reforma tributaria de Estados Unidos, otros de el gran tamaño que han adquirido los ETF, el retiro de los estímulos monetarios, o la deuda norteamericana. Pero lo cierto es que tampoco conocemos la profundidad y duración de la corrección. Solo sabemos que nadie es capaz, ni ha podido hacerlo en el pasado, lo que no implica que no haya que estar preparados, porque lo único que sabemos es que sí va a ocurrir.
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