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Columna Ex ante JM Silva

10/09/2026
19
9 Minutos

Cómo la economía chilena despegó entre 1985 y 1980, según Juan Andrés Fontaine 

Las industrias, muevan las industrias

En una nueva columna de opinión publicada en Ex-Ante, José Manuel Silva, Director de Inversiones de LarrainVial Asset Management, hace un análisis sobre el libro "El Gran Impulso" Cómo la economía chilena despegó entre 1985 y 1980, de Juan Andrés Fontaine. 

Lee su refleción a continuación: 

En los cinco primeros años se crean 840.000 puestos de trabajo y el volumen físico de exportaciones lo haría en un 11 %. El valor bursátil subiría desde 13% del PIB en 1985 a 128 % en 1995. No cabe duda las industrias se movieron y la fisionomía económica y social de Chile cambiaría para bien y por muchas décadas.

“Chile inició su despegue económico a mediados de los años ochenta. Entonces contaba con un nivel de desarrollo que lo ubicaba en la medianía de la tabla entre las naciones latinoamericanas, era golpeado por un dramático deterioro de los precios internacionales de sus exportaciones y lo abrumaba un pesado endeudamiento. Hoy encabeza el índice de desarrollo humano en la región – que considera ingresos, salud y educación – y es calificado por el Banco Mundial como un país de alto ingreso, aunque aún lo separa un largo trecho de los países considerados desarrollados”.

Este es el primer párrafo del interesantísimo libro lanzado hace algunas semanas por el economista Juan Andrés Fontaine y publicado por la editorial Faro UDD. Durante el lanzamiento, tanto el ministro de hacienda Jorge Quiroz como el economista Sebastián Edwards, alabaron este esfuerzo de historia económica relatado con estilo, honestidad y humildad, por quien fuera uno de los protagonistas de esos años fundacionales en los cuales se rescataron y forjaron las bases del crecimiento chileno de las siguientes tres décadas.

Desde la dirección de estudios del Banco Central de Chile y como uno de los asesores más cercanos de Hernán Büchi, ministro de Hacienda a contar de febrero de 1985, Juan Andrés Fontaine es sin duda un protagonista privilegiado para relatar el segundo acto del rescate económico de Chile, cuyo primer acto se inicia el 12 de abril de 1975 con el nombramiento de Jorge Cauas Lama como ministro de hacienda.

Este segundo acto, no menos relevante que el primero, ha sido menos estudiado, por lo que este libro es un aporte fundamental a la historia económica del país. “El propósito de este libro es describir cómo y por qué es que, entre 1985 y 1989, la curva del crecimiento económico chileno tiene su punto de inflexión”, señala el autor.

Pero antes de adentrarse en la política económica diseñada por Büchi y Fontaine, el autor realiza una acuciosa descripción de la dramática situación en que se encontraba la economía chilena a fines de 1984, luego de la gran crisis financiera y profunda depresión que caracterizó los años 1982 y 1983 y que estuvo a punto de llevarse por el desagüe todos los frutos cosechados durante el primer acto del proceso de reconstrucción económica.

Este primer acto, protagonizado por Cauas, de Castro, Miguel Kast y José Piñera y varios de los primeros “Chicago Boys”, logra estabilizar la economía chilena luego del desastre económico de la Unidad Popular. La estabilización se da a pesar y en medio de la mayor crisis económica global desde la post guerra hasta ese momento, empujada por el alza del precio del petróleo desde US$ 2 por barril a 11 dólares, decretada por la OPEP en 1973.

Esta crisis hace caer el precio del cobre en un 50 %. De esta manera, los términos de intercambio de Chile (el poder adquisitivo de nuestro “sueldo”), sufre la mayor caída desde la gran depresión de 1929. Este fenómeno acompañará ambos actos y será uno de los gatillantes de la crisis de 1982.

Fontaine reconoce que “si el modelo no se vino abajo en 1982-1983 fue porque se sostenía sobre sólidos pilares”. Estos son los pilares que se construyen entre 1975 y 1981 y que se describen en el capítulo 2: apertura de la economía al comercio exterior con una rebaja sustancial de los aranceles y decenas de regulaciones que hacían de la economía chilena una de las más cerradas del mundo. Equilibrio fiscal, luego de la orgía de gasto financiada con emisión monetaria durante la Unidad Popular. Privatización de empresas y de las tierras usurpadas ilegalmente durante ese mismo gobierno. Liberalización de precios de bienes y servicios, una novedad en un país que fijaba hasta el precio de los completos.

Y finalmente, entre 1979 y 1981, las tres grandes obras de José Piñera, el plan laboral (que rescata el mundo del trabajo de la lógica de la lucha de clases), la creación del nuevo sistema de pensiones basado en la capitalización individual (la madre de todas las privatizaciones) y la ley minera, que privatiza el sub suelo y sienta las bases del boom minero de los noventa.

Lamentablemente, luego de la hecatombe macroeconómica y financiera de 1982-83, gatillada por el alza simultánea de las tasas de interés internacionales y de nuevo por otra alza del petróleo y amplificada por errores internos, fundamentalmente la elección del tipo de cambio fijo a contar de 1979, todo hacía suponer que el gobierno de Augusto Pinochet cambiaría radicalmente el curso de la política económica. Algo de eso ocurre durante 1984.

Sin embargo, las dudas se despejan cuando se nombra a Hernán Büchi como ministro de hacienda a inicios de 1985. Este joven (36 años) ingeniero de minas de la U de Chile con MBA de la U. de Columbia, era poco conocido por el país de entonces. No calzaba con el prototipo de los primeros “Chicago Boys”. No era de la PUC, no era de Chicago, venía del Instituto Nacional.

Pero tenía una gran ventaja, desde 1975 había trabajado en las bambalinas del gobierno de Chile. Siendo albañil y jefe de obras de muchas de las “construcciones” del acto 1. Consejero del ministro Pablo Barona, colaborador cercano de José Piñera en la reforma previsional y la ley minera, subsecretario de salud en donde reglamentó el sistema de Isapres y ministro de Odeplan en 1983. Luego de la crisis bancaria asume como Superintendente de bancos, en donde construye el complejo andamiaje que regula a la banca chilena hasta hoy.

Tenía otra ventaja, hijo de un oficial de la fuerza aérea, conocía por dentro la cultura militar. Augusto Pinochet le confía el timón económico y debe asumir cuando gran parte de la banca se encuentra intervenida, retrotrayéndose así muchas privatizaciones, cuando la deuda externa del país alcanzaba un récord histórico de 4,6 veces las exportaciones (la peor cifra de la región latinoamericana) y Latinoamérica sufría los embates de la llamada crisis de la deuda externa que le cerró los mercados financieros internacionales.

Todo ello en medio de una nueva caída de los términos de intercambio que forzaba a un nuevo ajuste de cinturones. Los términos de intercambio tenían un valor 40 % inferior a los del período 1965-1974. En 1970, una tonelada de cobre compraba algo más de 800 barriles de petróleo. En 1975 solo compraba 113 barriles y en 1985 a penas 53.

“El signo distintivo del programa liderado por Hernán Büchi fue perseguir objetivos económicos incuestionablemente ortodoxos, pero aplicando creatividad y pragmatismo a la hora de escoger los medios necesarios para hacerlos realidad”, señala Fontaine en el capítulo 3 que describe el diagnóstico inicial y el diseño aplicado. Büchi se ve obligado a realizar un nuevo ajuste fiscal, confirma la apertura de la economía chilena al comercio exterior, pero al mismo tiempo realiza políticas macroeconómicas anticíclicas en donde su principal componente será una política de dólar alto y tasas de interés a la baja.

Ello se complementa con una política del lado de la oferta (supply side) que baja radicalmente el impuesto corporativo a las empresas y genera un gran incentivo para reinvertir las utilidades empresariales. Se elije además, desde el Banco Central, impulsado por el mismo Fontaine, una política monetaria en torno a metas de tasas de interés reales. La que permite reducirlas gradualmente, algo que había sido imposible durante el primer acto.

En paralelo se retoma la política de privatizaciones, logrando privatizar empresas que habían sido tradicionalmente del estado, y se inventa un genial mecanismo de conversión de deuda extranjera en capital (el llamado capítulo XIX) que logra rebajar sorprendentemente la deuda externa del país y al mismo tiempo enciende el boom de inversión extranjera que durará más de 20 años.

En fin, el libro es una riquísima fuente conceptual y estadística de lo ocurrido con la economía chilena a contar de 1985 y del evidente rol que juega el  rebote económico de los años 85 a 89 en la transición pacífica a la democracia. Durante esos años, varios países de la región vuelven a la democracia, pero sin cambiar las prácticas latinoamericanas usuales y al poco tiempo vuelven a sufrir hiperinflación y crisis.

El primer presidente de la transición argentina, Raúl Alfonsín, debe salir en helicóptero de la casa rosada en medio de protestas y una crisis desatada. Se habla así de la década perdida para la región. Por el contrario, a decir de Sebastián Edwards en su libro “El proyecto Chile”, “en marzo de 1990 las fuerzas democráticas heredarían una economía dinámica y competitiva, que estaba avanzando a toda máquina”.

El período concluye con la última de las grandes modernizaciones, la ley del Banco Central autónomo que incorporaba una liberación de la cuenta de capitales. “Entre 1985 y 2015 el PIB de Chile creció a un ritmo promedio de 5,3 % real anual, esto es 3,9 % per cápita”, señala Fontaine y agrega, “Chile se ubicaría en 2002 a la cabeza de América Latina en materia de ingreso per cápita”.

En los cinco primeros años se crean 840.000 puestos de trabajo y el volumen físico de exportaciones lo haría en un 11 %. El valor bursátil subiría desde 13% del PIB en 1985 a 128 % en 1995. No cabe duda las industrias se movieron y la fisionomía económica y social de Chile cambiaría para bien y por muchas décadas.

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