Alejandro Guin-Po: "Del yin al yang"

Alejandro Guin Po

Economista LarrainVial Asset Management

23/09/2022
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Alejandro Guin-Po: "Del yin al yang"

Según el taoísmo chino, el yin y el yang representan conceptos que muestran una dualidad opuesta y complementaria a la vez, que se encuentra en la naturaleza de todas las cosas. Aquello puede ser una analogía conveniente para plantear el cambio fundamental que se encuentra experimentando China durante estos años. Si bien las realidades no son necesariamente opuestas, si marcan un cambio relevante.

A pesar de que los mercados han seguido con atención los eventos de corto plazo, enfocados en las draconianas medidas de confinamiento, los cambios regulatorios que han afectado al sector inmobiliario y la desaceleración de la actividad económica existen varios elementos que subyacen a estos movimientos cíclicos y que podrían configurar cambios estructurales.

En primer lugar, lo más probable es que los registros de crecimiento en torno a 8,0% que caracterizaron a China en la última década – haciendo que el PIB del país alcanzará más de 40 veces el producto de hace 30 años atrás – llegaron a su fin. Las causas de aquello son múltiples, aunque se pueden centrar en al menos dos hechos: por una parte, la caída de la productividad, lo que es normal considerando una economía con rendimientos marginales decrecientes y ausencia de grandes eventos tecnológicos en los recientes años, guardando proporciones respecto a los avances de la era digital desde comienzo del milenio.

Por otra parte, el declive de la tasa de natalidad proyecta que su crecimiento de largo plazo sea menor, de acuerdo con los modelos de crecimiento neoclásicos. En ese sentido, la población china ha postergado la decisión de tener hijos, privilegiando el desarrollo personal y profesional – especialmente en el caso de las mujeres – y coincidiendo con un complejo entorno laboral para los más jóvenes en un entorno laboral altamente competitivo. Esto se ha mostrado persistente a pesar del levantamiento de la política del “único hijo” y otros incentivos a tener hijos.

En segundo lugar, con la consolidación del gigante asiático como la potencia antagónica a Estados Unidos, las autoridades gobernantes han pasado desde una postura de soft power – concepto acuñado por Joseph Nye en 1990, en el contexto de la guerra fría – a una postura basada en el hard power. En esencia, el avance de la influencia mediante la cultura, las artes y el comercio ha permeado fuertemente en las últimas tres décadas, basta ver las relaciones comerciales en un continente tan vasto y diverso como Latinoamérica en el que, para la mayoría de los países, China es un más importante socio comercial y últimamente, principal acreedor de deuda externa como en el caso de Ecuador.

Al contrario, el ascenso de Xi Jinping como un líder carismático – rivalizando con la imagen del mismísimo Mao Zedong – ha consolidado el poder político en una persona, provocando un giro respecto de las ideas más liberales que habían imperado hasta entonces, impulsadas por Deng Xiaoping, centradas en una renovación de los líderes dentro del Partido Comunista Chino y una apertura general del país al mundo. En esencia, Xi ha buscado materializar su liderazgo posicionando a la nación asiática como principal potencia, endureciendo el tono respecto a sus pares en Estados Unidos y cuya expresión más tangible ocurrió en la guerra comercial liderada por Washington y Beijing en 2018. En la actualidad, las tensiones con la isla de Taiwán marcan un nuevo episodio de este aire expansionista.

Finalmente, las transformaciones estructurales de la economía mundial, como son el avance de la economía verde y la reducción de las emisiones de carbono podrían complejizar el impulso económico de China. Las razones de fondo obedecen a que parte fundamental del crecimiento del producto se han sustentado en costos de energía baratos, especialmente ligados a la industria del carbón. Sin embargo, las exigencias de la transformación energética hacia métodos más renovables y la exposición de los precios de combustibles fósiles a eventos como el conflicto entre Ucrania y Rusia han puesto presión en esta forma de sostener el progreso económico.

A su vez, como consecuencia de la pandemia ha tomado fuerza el fenómeno del reshoring o nearshoring, que en términos simples corresponde a la ubicación de las plantas productoras más cerca de sus matrices u oficinas centrales. Posiblemente la región más perjudicada por esta reconfiguración del entorno manufacturero global sería Asia emergente, incluyendo a China, en desmedro de otros países que podrían resultar beneficiados, como son las naciones latinoamericanas y en especial México, por su cercanía geográfica con Estados Unidos.

En resumen, los últimos tres años han sido transformadores en todo sentido y China no es la excepción. Todavía es muy pronto para asumir el impacto en los mercados financieros de estos cambios, aunque se puede prever que un menor impulso del gigante asiático hará que el entorno macroeconómico se vuelva más desafiante. Pero no cabe duda de que el tono del país parece ir de un lado a otro, en el que se comienza a hacer más evidente la transformación en su cara opuesta, del yin al yang, en un proceso de continuos cambios.

Columna publicada en El Mercurio Inversiones

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